martes, 15 de septiembre de 2020

261 .- Purificar, orar, perdonar

 

“Después de haber sido aclamado por la multitud, Jesús entró en Jerusalén, fue al templo y miró todo lo que en él sucedía; pero como ya era tarde, se marchó a Betania con los Doce.

Al día siguiente, cuando salieron de Betania, sintió hambre. Viendo a lo lejos una higuera con hojas, Jesús se acercó a ver si encontraba higos; pero al llegar, sólo encontró hojas, pues no era tiempo de higos. Entonces le dijo a la higuera: “Que nunca jamás coma nadie frutos de ti”. Y sus discípulos lo estaban oyendo.

Cuando llegaron a Jerusalén, entró en el templo y se puso a arrojar de ahí a los que vendían y compraban; volcó las mesas de los que cambiaban dinero y los puestos de los que vendían palomas; y no dejaba que nadie cruzara por el templo cargando cosas. Luego se puso a enseñar a la gente, diciéndoles: “¿Acaso no está escrito: ‘Mi casa es casa de oración para todos los pueblos’? Pero ustedes la han convertido en una cueva de ladrones”. Los sumos sacerdotes y los escribas se enteraron de esto y buscaban la forma de matarlo; pero le tenían miedo, porque todo el mundo estaba asombrado de sus enseñanzas. Cuando atardeció, Jesús y los suyos salieron de la ciudad.

A la mañana siguiente, cuando pasaban junto a la higuera, vieron que estaba seca hasta la raíz. Pedro cayó en la cuenta y le dijo a Jesús: “Maestro, mira: la higuera que maldijiste se secó”.

Jesús les dijo entonces: “Tengan fe en Dios; les aseguro que si uno le dice a ese monte: ‘Quítate de ahí y arrójate al mar’, sin dudar en su corazón y creyendo que va a suceder lo que dice, lo obtendrá. Por eso les digo: cualquier cosa que pidan en la oración, crean ustedes que ya se la han concedido, y la obtendrán. Y cuando se pongan a orar, perdonen lo que tengan contra otros, para que también el Padre, que está en el cielo, les perdone a ustedes sus ofensas; porque si ustedes no perdonan tampoco el Padre, que está en el cielo, les perdonará a ustedes sus ofensas”. (.-san Marcos 11, 11-26)

REFLEXIÓN:

Está cerca el final de todo (lo viejo)”. Se impone, pues, la preparación para el encuentro con el Señor mediante la oración y la conversión, que se hace real y auténtico en el culto verdadero, fe firme en Dios, perdón y servicio fraterno, como frutos de amor.

Los gestos de la “maldición de la higuera” y la “expulsión de los mercaderes del templo”, que realiza Jesús, nos alertan de la urgencia de dar frutos, aunque parezca que “no es tiempo”, pues a Dios no le agrada la frondosidad de hojas de una piedad vacía o de rezos rutinarios estériles, sino la fecundidad de obras de fe y amor que hagan visible la presencia del Reino. Y para esto es necesario, primero, purificar el culto (templo), alejando de nosotros la tentación de utilizar a Dios, la religión, los sacramentos… con fines mercantilistas, comerciales, utilitaristas...; segundo, fortalecer la fe en Dios a través de la oración; y, finalmente, aprender a perdonar las ofensas recibidas, para que Dios nos perdone. Si practicamos estas acciones, no sólo tendremos la seguridad de que nuestro Padre nos escucha y nos concede lo que le pedimos con humildad y confianza, sino que estaremos capacitados para dar abundantes frutos de amor en la familia, en el trabajo, en el ministerio santo… en todas las circunstancias favorables y adversas, permaneciendo alegres cuando compartimos los sufrimientos de Cristo, para que cuando se manifieste su gloria, rebosemos de gozo.

Camino: ¿Acostumbro a poner como telón de fondo de mis decisiones y acciones el destino trascendente que espero? ¿Cómo estoy administrando la gracia de Dios?

Vida: Señor Jesús: tú quieres que recuperemos la pureza original de nuestras tradiciones religiosas; ayúdanos a discernir las decisiones para lograr este fin. 

Amén.
 

(Tomado y adaptado de :”Pan de la Palabra”)

 

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